Velas Sobre Asfalto
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Hace frío, el viento aúlla y se avecina una tormenta, pero aquí estoy en medio de una calle vacía y oscura.

Otro año rodó. Por tercera vez, el reloj pasara el 31 de Octubre, desde que entré en la Insurgencia.
Cuando miro hacia atrás a lo que sucedió desde entonces, parece que el tiempo se detiene, con cada vez más personas muriendo, congeladas en el tiempo.

Normalmente, cuando miras hacia atrás cuentas las pérdidas y te quedas en silencio por un momento, luego piensas en todos los cambios positivos que estas pérdidas han comprado. Pero el precio que se pagó no vale la pena y me niego a guardar silencio cuando el silencio a regido estas partes durante todo el año, a excepción de unos pocos gritos aquí y allá. No tengo mucho a mi nombre. No hay suficiente poder para hacer que el impacto sea apropiado. En esto se refleja la organización a la que sirvo.

Soñamos con grandeza, pero nos escondemos en nuestros agujeros porque ni siquiera podemos esperar enfrentar la tormenta afuera. Estaríamos apagados. Pequeñas luchas internas, grandes invasiones externas o, mi "favorito" personal, asfixiarnos en nuestros agujeros, mientras que la tormenta quita nuestro oxígeno. La gente ya no abre la boca. Nos sentamos y esperamos mientras perdemos la fuente misma de lo que nos unió.
 
Una vez la Insurgencia fue una gran bestia. Le crecian nuevos colmillos y garras a diario. Nuevos equipos, nuevos miembros, nuevas anomalías. El futuro parecía brillante. Sacaríamos a la humanidad de la oscuridad, del miedo a lo desconocido.

Pero la tormenta nos golpeó. Muchos desertaron tan pronto como pensaron que ya no estarían en el sitio ganador. Algunos vieron que había trabajo y allí el progreso se destruyó y se perdió, se quebro.

Los que se quedaron, se quedaron bajo tierra. Los Insurgentes vuelven a casa, vuelven a una vida normal. Tal vez hay cientos esperando, aguardando el día en que alguien les haya construido un refugio contra la tormenta, un mecanismo para protegerlos y a sus familias contra el miedo que la lucha contra la tormenta dejaría en ellos, lista para servir a la Insurgencia una vez más. Tal vez regresen cuando pase la tormenta, tal vez no lo hagan. Tal vez todos estén muertos.

Tengo que rechazar la idea de que soy el difunto Insurgente aquí afuera. No creo que pueda reconstruir la Insurgencia de la nada. Pero incluso si soy el último, eso solo significaría que tendría que esforzarme más.

Así que aquí estoy. 31 de Octubre. En medio de una calle abandonada de un pueblo abandonado, saco mi regalo para la Insurgencia.

Enciendo mi vela y la pego sobre el asfalto. Una ráfaga de viento sopla contra la vela, parpadea, pero sigue ardiendo. Doy la espalda y me alejo, dejando solo una pequeña anomalía. En los días en que miles de insurgentes trabajaron aquí, para el futuro de la humanidad, esta llama podría haberse extinguido y la vela se podría haber desechado como inútil, pero en los días de silencio ensordecedor y una tormenta que ha apagado tantas esperanzas y colegas esta anomalía arderá.

Solo espero que alguien vea la luz y coloque más velas aquí. Que esta llama muestre que las tormentas no son imbatibles. Es una luz pequeña, una anomalía inútil, pero desafía la tormenta. Que ayude a otros a encontrar el camino de regreso a la Luz, de regreso a la Insurgencia del Caos.

Tal vez la tormenta nivelará la ciudad, tal vez la tormenta finalmente me arranque de los pies, pero estoy seguro de que esta vela se quemará hasta que se haya quemado en el asfalto. Estaré aquí, el próximo año, para colocar una nueva vela aquí, no solo para aquellos que perdimos, sino para aquellos que aún están por venir.

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